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Edición Especial / Septiembre - Diciembre 2009
Yin Nouel de León

Durante 45 años Yin Nouel estuvo casada con Guillermo León Asensio. En esta entrevista nos narra hermosos recuerdos de la pareja.
En 1954 viajé a Santo Domingo, con el pretexto muy grato de conocer personalmente al resto de mis tíos y primos a quienes solo nos unía una cordial correspondencia, intercambio de fotos, etc. El encuentro con mi familia fue muy cordial, feliz de poder abrazarlos, en fin, recordar la vida de mi papá, Luis Emilio Nouel Victoria, quien siempre mantuvo el recuerdo imborrable de su familia y de su tierra que lo vio nacer. Era época de carnaval, y se organizaban fiestas que la juventud disfrutaba muchísimo. Una muy especial la ofrecía el Centro de Recreo de Santiago. Mi hermana Stella y yo fuimos invitadas a esa fiesta de carnaval, a la que teníamos que ir disfrazadas. Nosotras no conocíamos a nadie, solo a personas muy allegadas a la familia. La costumbre en carnaval era que las muchachas sacaban a bailar a los muchachos hasta las 12 de la medianoche. Cuando entré al Centro había un grupo de muchachos. Al mirarlos me fijé en uno: era alto, muy bien parecido y me dije: “con ese voy a bailar”. Era precisamente Guillermo. Fue una fiesta preciosa, la orquesta la dirigía Luis Alberti. No me fue difícil bailar merengue porque papá nos enseñó a bailarlo perfectamente. Más que nada, por esa razón, ni Guillermo –quien bailaba muy bien–, ni las demás personas se dieron cuenta de que era extranjera. Desde ese primer momento hubo magia entre los dos. Acoplados en el baile y en la conversación, al finalizar el set de las 12 de la medianoche todas las muchachas nos quitamos el antifaz, así pues Guillermo y yo continuamos juntos el resto de la noche. Con el correr de los días comenzamos un romance de verano, de muchachos. Me llevaba serenatas, flores, salíamos de paseo. Finalizado mi viaje regresé a Caracas con mucha nostalgia. Transcurrió el tiempo y la relación quedó ahí. Al pasar los años mantuvimos una que otra comunicación a través de una tarjeta de Navidad, una felicitación de cumpleaños y nada más. En ese lapso, cada quien siguió su camino. En 1963, mi hermano Carlos vivía aquí y quisimos venir para estar unos días con él. Un día, mientras estaba en el Hotel El Embajador participando en un desfile de modas de las Damas Diplomáticas, alguien me informa que tengo una llamada telefónica. Era Guillermo. Inmediatamente contesté, me dijo que viajaría a Santo Domingo para visitarme. Fue un encuentro muy lindo, porque nos dimos cuenta que éramos los mismos de tantos años atrás. De nuevo, la atracción renació. Guillermo –que era un poco introvertido y yo muy abierta y expresiva– se quedó varios días en Santo Domingo, disfrutamos nuestra compañía, y compartimos esperanzas. Me pidió matrimonio, pero yo debía regresar a mi casa; entonces convinimos en que él fuera a Caracas en agosto de ese mismo año. Nos comprometimos y nos casamos el 21 de enero del año siguiente en medio de las dificultades de dos países con relaciones diplomáticas rotas. Mi familia lo adoraba. Él fue otro hijo para mamá. Nuestro hogar lo establecimos en Santiago. Su familia me acogió con gran amor y no fue difícil adaptarme al ambiente porque yo conocía mucha gente. Luego vinieron nuestros hijos. Tres tesoros que amamos fuertemente. Ellos nos regalaron unos nietos extraordinarios.
¿Cuáles son las cualidades que más valora en él y por qué?
Las cualidades que recuerdo y no olvidaré jamás son: su amor y fidelidad por mí y por sus hijos. La disciplina y honestidad a toda prueba, amigo incondicional, respetuoso de su hogar y su trabajo, hermano incomparable. Todos estos atributos me hicieron quererlo estos 45 años que compartimos juntos.
¿Cómo fue don Guillermo padre y esposo?
Como esposo fue un ejemplo de amor y respeto compartido. Le gustaba darme sorpresas: un detalle de unas flores, un papelito cualquiera con una palabra bonita. Todo esto me hacía muy feliz. De Venezuela me trajo no solo a mí, sino la arquitectura de mi casa, parte de mi familia, hasta un araguaney (árbol nacional), una magnolia bellísima que cuando florecía, yo celosamente y con devoción se la colocaba en su mesa, y aún lo hago. Las flores de mi jardín nunca faltan a su lado. Guillermo también fue un padre ejemplar. Sus hijos eran los tres tesoros que más quería. Vivió con esmero para ellos. Les enseñó la humildad, el respeto hacia los demás, el cumplimiento de sus derechos y deberes dentro y fuera del hogar. Los dos compartimos muchas cosas que nos unían cada vez más con ellos. Aunque su trabajo le ocupaba mucho tiempo del día, siempre tenía un momento para intercambiar experiencias y anécdotas con ellos. Lo hizo en la adolescencia y en la edad adulta. Les inculcó el amor por el estudio y por la empresa, a la cual entregó su vida. Hoy, sus hijos trabajan bajo el lema de sus enseñanzas, es decir, con responsabilidad y apego a las normas de la empresa.¿Qué deseaba don Guillermo para su familia?
Su mayor deseo era que nuestra familia permanezca siempre unida, y que se conserven los valores como el respeto, el amor, la comprensión, queriéndose, aún con sus defectos y virtudes.
¿Una anécdota que usted nunca olvidará?
Una anécdota muy especial que no puedo dejar de recordar es el paseo de pesca que Guillermo tenía planificado hacer en junio de 2009 con Carlos Guillermo y sus dos nietos pescadores, Diego y Héctor Eduardo. Desde hace un año estaba haciendo los preparativos y los nietos ya tenían su equipo listo. Todos se juntarían en Nueva York. La emoción y el entusiasmo se dejaban notar entre ellos. Lamentablemente, Guillermo fue empeorando y no pudo ir de pesca con nuestros nietos. Cuando Guillermo les comunicó esto, esos niños tomaron la noticia con la serenidad y la aceptación increíble de un adulto, y le respondieron: “No importa, Socio, lo que más queremos y deseamos es que tú te sanes. Aquí en el Parque Central podemos ir a pescar”. Este fue un gesto tan hermoso de parte de ellos que yo no olvidaré jamás.
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