El grupo - Revista El Leoncito

Historia del tabaco dominicano

En primer término, porque su uso entre los aborígenes de esta isla se remonta a tiempos inmemoriales, al grado de que se ha llegado a emitir la hipótesis de que su domesticación se produjo en nuestro suelo, con lo que se añade a una larga lista de bienes de la naturaleza que fl orecen gracias a las bendiciones de las Antillas.

Como recogen las crónicas e ilustran los hallazgos arqueológicos, entre los taínos el consumo del tabaco se asociaba a claves de su estilo de vida. Cristóbal Colón se mostró intrigado, casi desde su primer contacto con el Nuevo Mundo, sobre lo que consideró una costumbre enigmática. De ahí en adelante, el tabaco fue adoptado por los españoles recién establecidos en este laboratorio americano y, más adelante, por los africanos. El placer de la humeante hoja se insertó en las corrientes de aculturaciones, que dieron lugar a un complejo cultural inédito, el del criollismo americano, fundamento de la cultura del pueblo dominicano. Desde que comenzaron las líneas de mestizaje, no ha pasado un momento en que el tabaco haya estado ausente de la saga de los dominicanos. Y desde aquí, el placer que por lo visto provoca su consumo se extendió al resto del planeta con la celeridad del ritmo de conformación del sistema mundial.

Si algo, pues, puede identifi car a los dominicanos en el mundo, junto a los cubanos y puertorriqueños, es encontrarse detrás de los prolegómenos de la difusión del tabaco por Europa y el resto del mundo. Por ello, resultaba necesaria una obra que estudiara la historia del producto, en su secuencia temporal completa entre nosotros. Es lo que han abordado, en el esfuerzo arduo coronado en este libro, los colegas y amigos José Chez Checo y Mu- Kien Adriana Sang.

Existen precedentes historiográfi cos sobre la historia del tabaco en nuestro país, algunos de los cuales se remontan nada menos que a fi nes del siglo XVIII. Con un tratamiento académico actual, existe ya una bibliografía que aborda desde diversas facetas la historia tabaquera dominicana, entre cuyos autores se puede destacar a Antonio Lluberes, Fernando Ferrán, Pedro San Miguel y Michiel Baud.

José Chez y Mu-Kien Sang recorren, pues, un camino trillado y, al Por Roberto Cassá Historia del tabaco dominicano 16 el leoncitO mismo tiempo, dejan nuevas huellas, resultantes de una empresa fructífera. Nos encontramos hoy con el alumbramiento de un hito no solo en la historia del tabaco dominicano, sino en la historia económica dominicana. Con este voluminoso estudio en tres tomos, ambos hacen honor a sus conocidas trayectorias como investigadores y ponen los conocimientos adquiridos al alcance de la comunidad académica y de todos los interesados. Sin que haya lugar a dudas, este libro modifica el conjunto de perspectivas con que se ha visualizado un producto de tanta incidencia de la historia del pueblo dominicano.

En los tres volúmenes que tenemos por delante se plasma una información multiforme, extraída de fuentes variables: desde las crónicas más antiguas, la bibliografía disponible, la documentación del período colonial en Sevilla, la documentación en el Archivo General de la Nación y en otros archivos públicos, particularmente en el Archivo Histórico de Santiago, el archivo del Grupo León Jimenes, la prensa dominicana, la observación sobre el terreno y la entrevista oral.

Este logro ha sido factible gracias a la disposición del Grupo León Jimenes de apoyar el desarrollo de la cultura dominicana. El Grupo León Jimenes ratifica su condición única, hasta donde yo puedo colegir, dentro del concierto empresarial dominicano, de compromiso consistente con la cultura.

Desde el mestizaje, el tabaco no ha estado ausente de la saga de los dominicanos.

Resaltaría en primer lugar, como nota sobresaliente de la obra, el logro metodológico de la perspectiva global. El tabaco es estudiado en dimensiones tan variadas como el espacio que lo asocia a microclimas y medios de vida, las técnicas agronómicas, las variedades a lo largo del tiempo, los procedimientos de su preparación, las fórmulas locales de consumo, la actividad exportadora, las redes mercantiles y las empresas comercializadoras, la subsiguiente conexión con mercados del exterior, la ubicación dentro de la economía dominicana, las actividades industriales locales, los impactos en el sostenimiento del Estado, las políticas públicas asociadas, los conflictos sociales que lo han acompañado y las cavilaciones a que ha dado lugar.

Todo esto permite un recorrido detallado por las principales etapas de evolución de nuestro tabaco. Como los autores indican, durante décadas el tabaco quedó confinado al ámbito del autoconsumo, como parte de un complejo cultural en formación, pero sin mayor importancia en la economía exportadora. Un primer conato aparente de su despegue como género transable fue ahogado por las Devastaciones de Osorio. Hubo que esperar a que, a mediados del siglo XVIII, la política ilustrada de los borbones, encaminada a la explotación sistemática de las posesiones americanas, diera por resultado la extensión del estanco de tabaco implantado en Cuba décadas antes.

Aunque durante las últimas décadas del siglo XVIII el tabaco no alcanzó una dimensión cuantitativa apreciable, debido al estado mediocre en que se desenvolvía la economía exportadora, sentó las bases de una nueva sociedad. En este razonamiento nos encontramos con una de las tramas fundadoras de la historia decimonónica dominicana, que se erige en uno de los motivos del análisis histórico que efectúan los autores.

Se trataba de la sociedad de los pequeños cultivadores libres, que sustituía a las relaciones de esclavitud. Tal imbricación entre tabaco y sociedad campesina en ciernes se tejió sobre la base de las condiciones favorables del clima y de los terrenos existentes en las comarcas aledañas a Santiago de los Caballeros, esta segunda capital y la más dominicana, conforme a la tesis de Eugenio María de Hostos. Un factor sociológico intervino en esta génesis: la existencia de menos esclavos en la porción cibaeña, donde no existía un núcleo de propietarios Desde el mestizaje, el tabaco no ha estado ausente de la saga de los dominicanos. Representación del indio taíno fumando un túbano. el leoncitO 17 esclavistas como el de la ciudad de Santo Domingo. Una parte de los inmigrantes canarios llegados por esas décadas pudieron poblar espacios vacíos como cultivadores a pequeña escala.

La sociedad campesina tabaquera se situó como el fundamento de la nación dominicana.

Lo que se hallaba en embrión a fines del XVIII entró en una fase continua de expansión entre las décadas de 1820 y 1870. Se conformó en el Cibao, hoy denominado central, una sociedad tabaquera de fisonomía contrastante con la de la Banda Sur. En ella, como anotaban los viajeros extranjeros, los lugareños llevaban una vida menos pobre. La sociedad campesina consolidada en torno al tabaco se situó como el fundamento material de la nación dominicana en proceso de gestación, entre los avatares de la vida cotidiana por la supervivencia y las gestas de lucha por la libertad. Pedro Francisco Bonó, la máxima figura del pensamiento democrático radical del siglo XIX, fue el primero que identificó la relevancia del tabaco al bautizarlo como el “Padre de la Patria”. Ya a fines de la década de 1840 el tabaco tomaba la delantera frente a la caoba en la generación de valores exportados, con lo que se situaba como el principal sustento material de existencia de los dominicanos.

Dentro de su razonamiento sociológico, Bonó ponderó que “del tabaco viven todos”, como resultado de la observación de los efectos que tenía en el desenvolvimiento global de la economía dominicana. Este pensador demostró el impacto que el cultivo tuvo en el desarrollo de las fuerzas productivas y en el bienestar de la población. Bonó elaboró el núcleo de su obra sobre la base del alegato contrario a las tendencias de moda de la época, que depositaban todas las expectativas en el azúcar. Denunció los desastres que acarrearía la proletarización del campesinado dominicano, con lo que ratificó la propuesta de que el país se reencontrara con la tradición social representada por el cultivo del tabaco.

El tabaco estuvo asociado a coyunturas internacionales, como lo examinan minuciosamente los autores de El tabaco: Historia general en República Dominicana. A fines de la década de 1870 sonaron los clarines que pusieron fin a la hegemonía de la hoja, en beneficio de la gramínea del azúcar. El eje de la economía dominicana se trasladó del Norte al Sur. Y con esto advinieron perjudiciales procesos de concentración de la propiedad y de proletarización de segmentos de la mano de obra rural. En pocos años, una vez arrancado el proceso de modernización a comienzos de la década de 1880, el tabaco quedó relegado a un cuarto lugar dentro de la composición de las exportaciones, y así permaneció durante alrededor de ochenta años.

Paralelamente, la modernización se revirtió en un fortalecimiento del Estado y de las funciones técnicas en pos de ulteriores avances en la producción y la productividad. Esta capacidad de intervención estatal contribuyó a mantener un espacio al tabaco en la economía dominicana, fuera en función de coadyuvar a la mejoría de las condiciones de reproducción de la economía regional cibaeña o para proteger la perpetuación de la hacienda campesina, habida cuenta de la desaceleración del ritmo de avance del capitalismo azucarero en el Sur después de 1884 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Desde el comienzo de las exportaciones, a fines del XVIII, y a lo largo de la siguiente centuria, el tabaco dominicano se caracterizó por su baja calidad en comparación con el que se producía en Cuba. Los campesinos carecían de los conocimientos agronómicos y de los rudimentos artesanales para el preparado cualificado de la hoja. El capital comercial, del otro lado, prefería sacrificar calidad como medio de obtener mayores beneficios.

En los medios ilustrados urbanos se tomó conciencia del imperativo de superar este acuerdo tácito no La sociedad campesina tabaquera se situó como el fundamento de la nación dominicana. Anuncio de “La Aurora” 18 el leoncitO virtuoso entre productores e intermediarios. Chez y Sang ponen de relieve un abanico de acciones desplegadas por instituciones estatales y sociales para proteger la actividad tabaquera. Tales acciones incluyeron granjas modelo, experimentaciones agronómicas, reglamentaciones para la producción y exportación, distribución de semillas mejoradas, introducción de nuevas variedades, labores de extensión por promotores capacitados, etc.; el resultado fue una etapa en la que comenzaron a obtenerse mejoras en la calidad, aunque en medio de dificultades enormes.

El fomentalismo agrario tuvo su máxima expresión durante la dictadura de Trujillo.

En el ínterin, se produjeron otros cambios de consideración en la actividad tabaquera. El más importante fue la fundación de empresas manufactureras e industriales, en las cuales se procesaba la hoja o se fabricaban cigarros y cigarrillos. Decenas de empresas se establecieron principalmente en Santiago y villas circundantes. Las relaciones sociales se complejizaron y engendraron nuevas líneas de conflicto, como lo registran los autores.

La fragilidad del Estado no pudo reglamentar las relaciones sociales de la actividad tabaquera, con lo cual se prolongó una situación inestable, que a menudo la llevaba a la antesala del derrumbe. Por otro lado, la posición de fuerza de los países compradores mantenía al tabaco dominicano en las mismas condiciones desventajosas que impedían un impacto consistente sobre la calidad de vida de los campesinos productores, así como de los trabajadores industriales, artesanales y de la esfera comercial. Durante la ocupación militar norteamericana, en la coyuntura de caída de precios, se acudió al primer monopolio como medio de impedir la quiebra generalizada de cosecheros, intermediarios y exportadores.

El fomentalismo agrario tuvo su máxima expresión durante la dictadura de Trujillo, cuando el Estado logró no sólo consolidar la actividad tabaquera, sino proyectarla hacia nuevos parámetros de eficiencia.

A continuación, el dictador decidió participar en la actividad y hacer de ella un instrumento más para obtener beneficios de la masa campesina, conforme al diseño que había elaborado desde los primeros días de su largo reinado. En el tabaco, sin embargo, los autores observan peculiaridades en la voracidad económica del tirano. En vez de acaparar todos los espacios, Trujillo prefirió restringirse a hacerse cargo de la actividad industrial, principalmente de los cigarrillos, dirigida a un mercado interno en expansión. Esto permitió la supervivencia de las empresas que, como La Aurora, precedente de la E. León Jimenes, se dedicaban a la producción de cigarros.

Tras forcejeos de reglamentaciones proteccionistas y mercantilistas que incluyeron un segundo monopolio del tabaco, Trujillo logró apropiarse de la mayor parte de las acciones de la Compañía Anónima Tabacalera. Esta empresa, producto de fusiones de capitales, ocupaba una posición relevante en el elenco industrial de la República Dominicana desde los primeros años del siglo XX y había logrado imponerse a otras firmas productoras de cigarrillos y cigarros. Una de ellas, propiedad del italiano Amadeo Barletta, fue sacada de circulación gracias a expedientes de naturaleza política.

Ya en control de la Compañía Anónima Tabacalera, Trujillo conjuró los conflictos que habían acompañado su propósito de subordinación de todos los agentes económicos. El detenido seguimiento que otorgan los autores a los intereses del tirano en el área del tabaco contribuye a un mejor conocimiento de los procedimientos monopólicos y mercantilistas empleados por éste para subordinar a otros empresarios y extraer beneficios del conjunto de la sociedad.

Para un historiador, inmerso en hechos del pasado más o menos distantes, reviste el mayor interés lo contemporáneo, lo que a menudo pasa delante de las narices sin El fomentalismo agrario tuvo su máxima expresión durante la dictadura de Trujillo. Trujillo fumando un puro. el leoncitO 19 ser percibido sufi cientemente. Es lo que trata el tercer tomo, en el que se enlaza la dimensión histórica con la utilidad del conocimiento del presente.

Después de la caída del trujillato, se registraron cambios de importancia en el complejo productivo del tabaco. Por una parte, se ampliaron las labores de asesoría de instituciones públicas y privadas para mejorar la calidad. Se asistió a la introducción del tabaco rubio, debido a las tendencias internacionales del consumo. A la fecha, informan Sang y Chez, el 99% de los cigarrillos que se consumen en el país están hechos de tabaco rubio.

El avance del tabaco rubio dio lugar a debates. El más curioso fue el asociado a la rivalidad entre la estatal Compañía Anónima Tabacalera y la privada de la familia León. Esta última empresa, al asociarse con la Phillips Morris, tomó la delantera en el fomento del cultivo del tabaco rubio y abogó por un tratamiento proteccionista de la variedad de rubio cultivada en el país. En contrapartida, la empresa estatal, rezagada en la producción de tabaco rubio, adoptó una postura de apertura con el fi n de poder competir con tabaco importado en el mercado en expansión de la nueva variedad. El debate tomó ribetes nacionales e involucró a una variedad de actores en el Estado, los partidos políticos, los medios de comunicación, la empresa privada, los sindicatos y los intelectuales.

Una segunda innovación fue la disminución de la exportación de tabaco negro en hoja para destinarse de manera progresiva a su elaboración en el interior del país. Surgió una nueva rama, primeramente asociada a las zonas francas y al capital extranjero, de cigarros de alta calidad, hoy entre los mejores y más cotizados del mundo. El establecimiento de inmigrantes cubanos, desde inicios de la década de 1960, fue aparentemente uno de los factores que sentaron las bases para las transformaciones en calidad agronómica y manufacturera. Esta evolución culminó con la introducción de los cigarros de alto precio y fi rmas internacionalmente reconocidas, que tuvo por cenit el año 1998.

Aunque el tabaco, al igual que toda la producción agrícola, haya quedado en una posición secundaria dentro de la economía dominicana debido al tránsito hacia una economía básicamente de servicios, a partir de la década de 1980 se ha asistido a uno de los fenómenos más interesantes de logro de calidad sobre la base de las posibilidades manufactureras y mercadológicas del capital extranjero y sus aplicaciones por el capital nacional.

A pesar de este colofón modélico para una economía como la dominicana, Chez y Sang registran en el balance contemporáneo una situación inestable, producto de una tendencia al estancamiento y a la disminución de la producción tabaquera, que continúa hasta el momento en que redactaron sus páginas.

Este libro nos pone a meditar sobre la evolución de la actividad tabacalera a lo largo de la historia dominicana. En conjunto, permite ponderar el peso de este producto en la evolución de la economía y de la vida dominicana en general. Permite conectar pasado y presente, y hace así honor a las tareas pragmáticas de la investigación histórica.

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