Deportes - Revista El Leoncito

El tsunami del voleibol playero invade las ciudades

Las musculosas estatuas bronceadas que representan nuevas versiones de Apolo y Venus, los modernos ritmos musicales que inundan los sitios de competencia, y el magnetismo de una disciplina que se distingue por la agilidad felina de sus actores, son los ingredientes que se han mezclado para llegar a un producto que los medios televisivos se disputan cada vez más.

Dos jugadores descalzos por equipo con la responsabilidad para cada binomio de cubrir un espacio de 64 metros cuadrados que exige una enorme dosis de reflejos capaces de producir reacciones instantáneas, la facilidad para la audiencia de rápidamente identificar a los atletas, y el ambiente relajado en el que se desarrolla la secuencia de saques, recibos, ataques, bloqueos y zambullidas en las pesadas y ardientes arenas, han creado esta locura deportiva que no cesa de acrecentarse.

Más de dos mil jugadores profesionales en la actualidad, 218 federaciones nacionales y cinco confederaciones continentales constituyen la familia del voleibol de playa, disciplina que debutó en los Juegos Olímpicos apenas en 1996 y cuyas raíces provienen del deporte de sala inventado en 1895 por el estadounidense William Morgan.

Voleibol en nuestras playas La República Dominicana no escapa a la influencia de este deporte que vestirá en forma lujosa en el mismo centro de Pekín durante la cuatrienal cita veraniega mundial en agosto próximo.

No sólo nuestros grandes enclaves turísticos, en cualquiera de los polos que han ido desarrollándose en forma vertiginosa, ofrecen a los visitantes la oportunidad de ejercitarse con un voleibol recreativo a orillas del mar y rodeado de cocoteros, sino que las playas dominicanas han servido ya de escenario de concursos internacionales que hacen presagiar un futuro de fulgor.

La popularización de este deporte en Río de Janeiro constituye la mayor inyección que ha recibido la disciplina.

Es así como el Torneo de Playa Cerveza Presidente en Boca Chica, tradicional competencia que marca el fin de la Semana Santa, se ha instaurado como el clásico de arrancada de una gira internacional que este año ha tenido paradas en seis países de nuestra región.

La Confederación Norte-Centroamericana y del Caribe de Voleibol se encuentra actualmente enfrascada en una cruzada por incrementar el número de competencias en su esfera de influencia, y los resultados no se han hecho esperar.

La República Dominicana, Guatemala, El Salvador, México, Puerto Rico y Trinidad y Tobago han albergado torneos internacionales de alto calibre en ambos géneros durante toda la primavera, creando ya las expectativas de un ensanchamiento que eventualmente generará beneficios más que deportivos.

En el caso de la Federación Dominicana de Voleibol, su proyecto, mancomunado con Cervecería Nacional Dominicana, es el de establecer a partir de este año un Circuito Nacional Playero durante el período estival que contribuirá a la multiplicación de jugadoras y jugadores interesados en desarrollarse en la nueva disciplina.

Origen de la disciplina

La mayoría de los historiadores señala a la playa de Waikiki de Hawai como el lugar donde se originó la práctica del voleibol sobre arena por el año 1915, y desde donde se mudó hacia Santa Mónica, California, a comienzos de los años veinte.

Durante la gran depresión de los Estados Unidos, se cuenta que las familias buscaban algún entretenimiento en los fines de semana y todo lo que se necesitaba para jugar era un balón, una malla y un traje de baño. La fiebre comenzó con sextetos igual que en el deporte original.

En 1930 se juega en California el primer partido que enfrenta a binomios, y aparecen ya practicantes del deporte en naciones europeas con Francia llevando la voz cantante.

No hay dudas de que la popularización del voleibol de playa en las arenas de Río de Janeiro a comienzos de los setenta –donde el culto a la buena forma física alcanza niveles de fanatismo– constituye la mayor inyección que ha recibido la disciplina.

A partir de ese momento, el progreso alcanzó una velocidad que sobrepasó los límites imaginables y se creó el gigante que comenzó un baile mundial al ritmo de su samba carnavalesca con 5,000 espectadores en la primera justa internacional en 1986. Y en una sesión efectuada el 24 de septiembre de 1994 en el Principado de Mónaco, el Comité Olímpico Internacional ofreció su bendición al voleibol de playa aceptándolo como uno de los deportes en el programa de sus juegos.

Atlanta, Sydney y Atenas han recibido ya la visita de los cuerpos cincelados y sudorosos, que desafían sol y viento en la interminable carrera por el oro olímpico. Ahora toca el turno a Pekín, la hasta hace poco misteriosa ciudad prohibida, para que abra los portones de sus murallas a la invasión pacífica de una fuerza irresistible.

El voleibol de playa no sólo llegó para quedarse, sino que amenaza con inundarnos con toda la belleza y energía que le dan una identidad deslumbrante.

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