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Lugo, el ensanche que fue estancia y tejar

Lugo, el ensanche que fue estancia y tejarEl más pequeño de los “ensanches” tradicionales de la capital dominicana tiene apenas seis calles, tres de las cuales salen de su interior. Las restantes calles son internas. La calle Leonor de Ovando es una de las interiores, junto a la Enrique Henríquez, y se desplazan en paralelo y angularmente, entre Independencia y Bolívar, respectivamente. Las calles que salen del Lugo hacia el sur son tres: Lovatón, Bernardo Pichardo y Las Carreras. La calle Lovatón es de un solo tramo y llega apenas a la avenida Independencia, la calle Bernardo Pichardo está situada entre la calle Henríquez y la avenida Independencia, convirtiéndose en Fabio Fiallo ya dentro de Ciudad Nueva. No es un residuo urbano, es un reducto triangular entre las avenidas Independencia al sur, Bolívar al norte y la calle Dr. Delgado al oeste. El parque Independencia y la otrora calle Mariano Cestero, absurdamente cercenada, le sirven de pivote angular para abrir en abanico hacia el oeste, prácticamente entre dos de los caminos reales, el del Sur (actual avenida Independencia) y el del Cibao (actuales calles 30 de Marzo y San Martín). Desde allí salía un sendero al oeste, buscando hasta encontrar las Cuevas de Santa Ana, en el antiguo Zoológico, senda convertida con los años en el Camino de Santa Ana (actual calle Enrique Henríquez), obligado paseo de finales del siglo antepasado y principios del pasado.

Lugo, el ensanche que fue estancia y tejarEse camino fue la primera referencia catastral que se tuvo del predio que era propiedad de la familia Lugo, donde había un tejar, artesanal fábrica de tejas y ladrillos de adobe, y una estancia; ambos aparecen registrados como tales en el Plano de la Ciudad y Contornos de Casimiro Nemesio de Moya, fechado el 30 de mayo de 1900. Un plano anónimo y posterior –de 1921, que reproduce Virgilio Vercelloni en el Atlas Histórico de la Ciudad de Santo Domingo (página 51)– indica con claridad la directriz de crecimiento que seguía el plan comercial de ampliación de la ciudad sobre la base de las parcelas que ya empezaba a evidenciarse desplazando la expansión hacia el oeste y el noroeste.

Se podría escribir y decir, en consecuencia, que el “ensanche Lugo”, como se lo conocerá posteriormente, cumplirá 90 años en 2011. Está afectado, como toda la lotificación de la zona baja de la ciudad, por la indisposición ciudadana a cooperar con las municipalidades abriendo bocacalles que integraron y dieron continuidad a las ya inicialmente propuestas, lo cual afectó a todo el conglomerado de Gazcue (Mis Amores, La Guedita y La Generala incluidas), La Primavera y el ensanche Independencia, que debía haber desarrollado su perimetral entorno teniendo en medio a la avenida Máximo Gómez, y donde estuvo la segunda rotonda de la capital, en la esquina de esa avenida con la calle Juan Sánchez Ramírez (la primera rotonda estuvo en el ensanche Primavera, en la esquina Pasteur con Josefa Perdomo).

Lugo, el ensanche que fue estancia y tejar

Mientras tanto, el ensanche Lugo, aquel pedazo triangular del pastel urbano, había quedado al margen de la dinámica que urbanizaba y transformaba Santo Domingo desde principios del siglo XX, rodeado sin embargo de una intensa actividad multiuso que, sin embargo, parecía no afectar su interior. Hay en su periferia una universidad, una panadería, varias clínicas y consultorios, dos partidos políticos, todavía muchas residencias y apartamentos, varios colmados, farmacias, paradas de transporte que van hacia el sur, varios restaurantes y cafeterías, oficinas de abogados y oficinas estatales, junto a amplios vacíos ahora usados para estacionamientos, una televisora, y hasta tiene funerarias, estaciones de servicio de gasolina y el cementerio histórico extramuros.

 

Lugo, el ensanche que fue estancia y tejarEl pequeño ensanche Lugo fue quedando entre las prisas urbanas de una ciudad que iba despertando perezosamente al siglo XX. Su topografía, ligeramente ascendente de sur a norte, deslinda dos de las primeras terrazas altimétricas de la ciudad. El tránsito dentro de las angostas calles dificulta día a día el movimiento vehicular por la demanda de estacionamientos, dada la multiplicidad de negocios. Quizás la esquina más emblemática del micro sector sea la de los Ferrúa, abierta en ángulo donde bifurcan las calles Enrique Henríquez con Leonor de Ovando. Se trata de un pequeño edificio de tres niveles pero de majestuosa presencia, que reverencia hacia la esquina con un destacado chanfle [chaflán] que gesticula como punta rota de cartabón. En la calle Las Carreras hay un atractivo edificio de apartamentos de cuatro pisos, con estudiada proporcionalidad volumétrica y logrado acierto compositivo de formas, que se le atribuye a doña Margot Taulé. La calle Leonor de Ovando era una de esas vías arboladas que invitaba a caminar. Con el tiempo, la población vegetal ha disminuido bastante, incluso para dar paso a estacionamientos ilegales sobre las aceras. Apenas quedan vestigios de las majestuosas casas solariegas sobre altos zócalos trasvasados por regias escalinatas de gestuales aperturas de bienvenida. Uno de los insertos que debe haber influido más en la fisonomía periférica del ensanche Lugo ha de haber sido el del moderno edificio donde funcionó la Ferretería Mateco y donde ahora está Edeeste, un compacto volumen híbrido, entre comercial abajo y habitacional arriba, de apenas dos pisos, casi perfectamente balanceado.

En la intimidad del Lugo

Lugo, el ensanche que fue estancia y tejarEl grupo social que habitó este reducto urbano fue siempre de estamentos medios en lo económico, pero alto en lo científico, musical y político. En consecuencia, el ensanche Lugo también tiene su historia, pequeñita, al igual que su escenario urbano. Las propiedades de la Enrique Henríquez marcadas con los números 10, 8 y 18 así permiten recordarlo, porque fueron casas donde vivieron y trabajaron gente como el ingeniero Petronio Mejía, destacado astrónomo que sobre el techo de su casa tuvo un modesto observatorio que hizo las delicias de cuantos lo conocimos y fuimos en búsqueda del saber cósmico hasta el acondicionado techo en donde había telescopios de distintos grosores y tipos.

El ingeniero Mejía mantenía informado al público sobre todos los acontecimientos astronómicos (eclipses, ciclos lunares, lluvias de estrellas, conjunciones de astros, aproximaciones de cometas y hasta remotos descubrimientos) en un espacio que hizo suyo en el periódico El Caribe. Su vecino era el no menos famoso saxofonista, compositor y arreglista de música popular Napoleón Sayas, el primer dominicano que estructuró una orquesta, en 1930, y la llevó a Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Boston y Washington. En 1932 se paseó con su orquesta por Europa y se quedó a vivir en España. Llegó incluso a tocar en la India. El lento compás de sus merengues, más bien melódicos, permitía el baile. El tercer vecino inmediato era panadero y vivía ahí mismo. Enfrentó en solitario a las tropas de ocupación norteamericanas que desembarcaban en San Pedro de Macorís (1916), convirtiéndose de inmediato en un “gavillero”. Logró salir del país clandestinamente y se fue a luchar al lado de César Sandino, el patriota nicaragüense, de quien terminó siendo lugarteniente. Regresó a su patria y nunca reclamó nada por lo que hizo aquí y allá, y murió prácticamente en el anonimato. Ahora esas tres propiedades donde vivieron esos tres personajes han empezado a cambiar, alterando el interior de la pausada barriada del otrora ensanche Lugo. Los cambios no son agresivos, son miméticos, graduales, se notan comedidos, como parte de una dinámica que había tardado en llegar pero que parece que ha llegado ahora, ojalá con sentido de respeto por la vecindad inmediata que sigue, aparentemente, en pausa de arrogancias como las que ahora se estilan...