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¿El libro o la película?
Harry Potter, Crepúsculo, El señor de los anillos, Orgullo y prejuicio, El diario de Bridget Jones... Todos, títulos muy sonoros del cine. Películas que surgieron del papel, de libros que conquistaron miles de lectores. Y que gracias a su éxito llegaron a la gran pantalla. Y es que desde el nacimiento del arte de las imágenes en movimiento, múltiples filmes se han basado en grandes obras de la literatura. Un hecho que persiste –y que ha resurgido en los últimos años– convirtiendo a las bibliotecas en una fuente inagotable para la industria cinematográfica.
De esta manera, la adaptación cinematográfica de grandes novelas, transformando sus argumentos en guiones, es una hazaña que ha resultado ser difícil a lo largo de los años, sembrada de aciertos y decepciones. Sin embargo, se trata de dos medios muy complementarios que coinciden en un mismo objetivo: contar historias. Sin dudas, la cinematografía aporta una expresividad distinta, un lenguaje diferente, terminología y enfoques. La literatura, por su parte, va recibiendo del cine diferentes modos de mirar, una concepción narrativa distinta, que en ocasiones acomoda en los autores literarios su mirada y su estilo.
“Se habla de técnicas del cine traducidas a la literatura en el ritmo, los movimientos y velocidad de la cámara (que sería el punto de vista), cierto manejo de planos”, comenta Ruth Herrera, gerente de ediciones generales del grupo Santillana (Editorial Alfa guara). “Se suele decir que tal novela es muy cinematográfica, parece una película”, agrega.
A muchos les pueden gustar o no las adaptaciones que se hacen de libros a la pantalla grande. Pero la cuestión es establecer cuánta influencia tienen estas adaptaciones en el hábito de la lectura. ¿Realmente influirá? ¿Será un aspecto negativo hacia la valoración de la lectura? ¿Matará el interés por el libro? ¿Tal vez no importa, ya que las personas seguirán imaginándose en sus cabezas una historia y esperando a verla en el cine? ¿Las películas basadas en libros contribuyen o no a la lectura? Son preguntas difíciles de responder para algunos y muy sencillas o irrelevantes para otros. Todo depende a quién se cuestione.

José Luis Sánchez, autor del libro De la literatura al cine: teoría y análisis de la adaptación, establece en el mismo que “en algunos casos puede ser que las películas influyan positivamente en su público y que después estas personas consulten o lean por completo el libro original”.
De acuerdo con este profesional español, “el hecho de ver un libro en la pantalla grande mata la imaginación, ya que las personas que lo leyeron an tes de haber visto la adaptación habían creado en su mente un ambiente probablemente diferente al proyectado en las pantallas”.
De esta manera, entre cine y literatura es posible encontrar diversos puntos de contacto, préstamos, paralelismos y diferencias infranqueables, incluso malentendidos y mutuos prejuicios. “El estudio de esta relación es un amplio campo aún no cubierto por completo y todavía no se sabe con exactitud a quién compete”, argumenta Oswaldo Osorio, crítico de cine del periódico El Colombiano y de la revista de cine Kinetoscopio, en su portal Cinefagos. net.
“Con el tiempo, el cine adquiere su propio lenguaje y se aleja de la literatura como su referente primero. El ejemplo más simple de estas grandes diferencias que se establecen entre ambos medios es la capacidad de síntesis del cinematógrafo, ya que puede cubrir en una sola secuencia lo que a una novela normalmente le llevaría páginas enteras”, explica Osorio.
¿Las adaptaciones al cine de éxitos literarios le suman o le restan al libro original? Para Ruth Herrera, de Editorial Alfaguara en la República Dominicana, “hay de todo. Depende del guionista y del director. Lo que deben tener muy claro los autores es comprender que la película basada en su novela es otra obra, es un resultado que no los compromete”.
Herrera menciona unas cuantas adaptaciones que para ella enriquecen la historia (no la obra en sí): “Charlie y la fábrica de chocolate y Alicia en el país de las maravillas, de la mano de Tim Burton”, dice. “Una novela bestseller fue Memorias de una geisha, la película fue buena, muy plástica en su fotografía y adecuada en sus interpretaciones, pero no alcanzó la intensidad de la novela, para mi gusto –argumenta–. No he ido a ver Come, reza, ama, pero a partir de diversos comentarios creo que me defraudará en comparación con el libro que ya me leí”. ¿Cuáles le restan a su juicio? “La fiesta del Chivo, En el tiempo de las mariposas y la del ensayo sobre la ceguera” [Ceguera].
Por otra parte, nos encontramos con la incursión cada vez más activa de escritores en el mundo del cine, una incursión que comenzó cuando autores como Scott Fitzgerald, William Faulkner o John Steinbeck aceptaron el llamado de Hollywood para escribir los guiones de muchas películas. Incluso ha llegado a haber una interdependencia, la cual contempla una serie de obras literarias o cinematográficas en las que se produce una fusión de los dos lenguajes.

Igualmente, han existido estrechas colaboraciones entre guionistas y directores, o escritores que se han decidido a dirigir, como Jean Cocteau, Paul Auster, John Irving, Michael Crichton o David Trueba. Son los llamados escritores-directores de cine, la mayoría de ellos, buenos conocedores del medio, porque llegaron a la gran pantalla, primero, como guionistas.
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